
quiero ponerme el pijama
¡Hola! Vuelvo por aquí.
Han pasado muchas cosas desde la última vez que escribí. Demasiadas. Y hoy, sin buscarlo, terminé de nuevo en este blog que creé hace ya casi 4 años. Empecé a leer cada entrada con cierta curiosidad, casi como si no fueran mías. Pensé que me incomodaría, que sentiría ese pequeño rechazo que a veces aparece al mirarnos desde el pasado. Pero no fue así.
Lo que sentí fue algo distinto. Merecimiento.
Me sorprendió reconocer en esas palabras una verdad tan limpia, tan honesta, incluso en medio de una etapa que ahora sé que fue difícil. Había luz ahí. En lo que escribía, en cómo lo sostenía. Como si, de alguna manera, incluso entonces, una parte de mí supiera exactamente cómo transformar lo que dolía en algo que también pudiera sostenerme.
Ahora entiendo mejor todo lo que vino después. La palabra que tanto evitaba, que ni siquiera quería nombrar por miedo a hacerla real: cáncer. Durante mucho tiempo no pude escribirla, ni decirla en voz alta. Hoy ya no pesa igual. Después de mucha incertidumbre, esperas, dos operaciones, un tratamiento… y, en medio de todo eso, una transformación inevitable.
No creo que tengamos que rompernos para cambiar. No creo que el dolor sea un requisito para transformarnos. Pero sí siento que hay momentos que llegan como un punto de inflexión imposible de ignorar. Para mí, la enfermedad fue eso. Un altavoz. Una forma clara —aunque no suave— de obligarme a mirar si lo que estaba viviendo, sintiendo y sosteniendo tenía realmente que ver conmigo.
Antes de que ese tipo de cosas ocurra, siempre hay señales. Pequeños ruidos estridentes que incomodan. Pero es fácil ignorarlos cuando vivimos deprisa, cuando estamos desconectadas, cuando funcionamos en automático. Hasta que llega algo que ya no se puede esquivar.
No soy la misma que escribió el último post. Y, sin embargo, reconozco su esencia. Y me gusta.
Ahora camino en un punto intermedio, entre dejar fluir y empezar a construir algo con intención. Entre escucharme y también encontrar mi forma de estar en el mundo, de manera más consciente. Porque hay algo que tengo claro: soy creadora. Ni más ni menos.
Crear con las manos, con el corazón, con lo que soy en cada momento. Crear no como obligación, sino como forma de estar.
Por eso vuelvo a este blog.
A principios de año intenté llevar mis escritos a otro lugar, abrir un espacio más ordenado, más definido. Pensé que me ayudaría a estructurar lo que hacía, a darle forma. Pero con el tiempo empecé a sentir que no encajaba del todo. Como si, sin darme cuenta, hubiera empezado a exigirme una manera concreta de escribir, de expresarme, de estar.
Como si todo tuviera que ser profundo, bonito, perfecto.
Y la verdad es que no siempre soy así. A veces lo que necesito es escribir algo sencillo, algo cotidiano, algo que no tenga que demostrar nada. También empecé a sentir el peso de saber que cada palabra llegaba directamente a otras personas. Y, aunque eso tiene algo muy bonito, también me hizo contenerme más de lo que quería.
Porque, en el fondo, aunque hay una parte de mí que desea compartir, también hay otra que solo quiere llegar a casa, ponerse el pijama y crear en calma. Sin ruido. Sin expectativas.
Y aquí estoy.
Volviendo a este espacio.
No desde la necesidad de hacerlo perfecto, ni de encajar en ningún lugar concreto, sino desde algo mucho más simple: el deseo de tener un rincón propio. Un lugar que se sienta como casa. Donde escribir lo que me nazca, como me nazca.


